Diario de un Confinamiento – Capítulo 95: el de la visita de los Reyes

Madrugón, pero hoy no hay posibilidad de llegar tarde. Nos espera un día movido y, sobre todo, de tiempos y de poco margen.

Ayer me decía Javi, “mañana peínate y aféitate”. Peinado voy siempre, la diferencia de la vida normal a la laboral, es que en la primera llevo moñete y el pelo tal cual y en la laboral uso gomina. Me gusta más la primera, además si quiero conservar el pelo, es mucho mejor. Pero la situación no me permite el moñete, no es laboralmente aceptado…, aunque los tiempos cambian. 

Hablando de cambio de tiempos, recuerdo cuando los tatuajes se tapaban, y ahora ya eso está mucho más normalizado. Sigue habiendo sitios y situaciones en los que no estén tan bien vistos. Pero por contrapartida, hay perfiles de negocio que los requieren. Como cuando el estilo hipster tuvo tanto gancho. 

Y el afeitarme. Teniendo en cuenta que mi barba es arbitraria, que con los años ha mejorado, pero que llamarle barba es ser muy generoso, poco me tenía que afeitar. Arreglar más bien. Aunque total, él se refería para la foto, y la foto será con mascarilla. 

Desde bien temprano ya teníamos protocolos y timing de la visita. La policía y cuerpos de seguridad cerciorándose de que todo estaba en orden y de que teníamos las cosas claras. He de decir que de diez la profesionalidad. 

Aunque he tenido que contenerme cuando han venido con los perros a rastrear las zonas. Quería achucharlos, no puedo evitar cuando veo a un perro o a un gato, querer acariciarlos y jugar con ellos. Si hasta aparco lejos porque hay un perro en una casa al que saludo y acaricio desde hace casi 2 años. Yo le llamo “lobo”, pero a saber cómo se llama. Aunque creo que ya responde al seudónimo que le he adjudicado. 

Lo que ha transcurrido en 2 horas. Porque la visita de los Reyes no ha sido de más. Han parecido varias jornadas. Íbamos al minuto y resultado con el WhatsApp en mano. Cuál clásico Madrid – Barça. Pero todo ha transcurrido sin incidentes, y todo suma para salvar los muebles en la peor temporada que hayamos vivido. 

Como anécdota, cualquier persona que tuviese que entrar (hablando de mi zona de proveedores y demás), tenía que avisar a un agente, que estaba con uno de los perros. Él tenía que inspeccionar lo que trajesen, o el medio de transporte que accediese al recinto. He optado por desviar durante unas horas el flujo de entradas al hotel, y así menos problemas. 

Este señor tenía mi número de teléfono, como yo el suyo, para comunicarnos si fuese necesario. A eso que me llama, y me dice si puedo acudir, rápidamente, a donde tenía puesto el control. Voy enseguida y me encuentro a una empleada con otro chico, con cara de situación y DNI en mano. Le pregunto que qué sucedía, y me dice si conocía a esos individuos. A ella sí, es compañera. Así que los deja pasar, pero con mala cara. 

Le pregunto que qué sucedía. Y me dice que como todos los accesos estaban cerrados en ese momento, pues que ellos, en vez de preguntar ni nada, se han puesto a saltar e seto para poder entrar al hotel. Aquí sacamos dos conclusiones. La primera es que les honra porque no querían llegar tarde al trabajo, cueste lo que cueste. La segunda que no son muy listos, porque esto es América, y ya les hubiesen pegado dos tiros. 

Y ha llegado la hora de la foto oficial. Todos preparados, y asfixiados de calor, porque hoy hemos llegado a los 37 grados al Sol, y ya era mediodía. Pero ha compensado. Había compañeras (las más mayores sobre todo), que estaban realmente emocionadas por ese momento.

A mi me ha parecido curioso, y bueno, protocolario y algo incómodo. Estar posando para una foto y en la lejanía de una azotea, ver a un francotirador, pues impresiona para gente de a pie como yo. 

Eso sí, como esa foto salga en el Hola, mi madre se hace un póster. Su hijo en el Hola (o en el Pronto que para el caso es lo mismo), posando con los compañeros y los Reyes. Eso le va a dar tema de conversación con las amigas, mínimo, para lo que resta de año. Menudo orgullo. Que ni los posados de la Obregón estrenando bikini. 

Centrándonos ya en nuestra cruda realidad. El noticiario. Registran 3 fallecimientos y bajamos, casi, medio centenar de contagios. Seguimos en una tesitura de lo más preocupante. Estamos dando rienda suelta a una libertad que, para nada, es libre. 

Vemos las playas de Inglaterra a rebosar de gente. No sé porqué el mal de muchos, consuelo de tontos, no me vale. Si a la gente le gustase mantener la distancia con extraños, tanto como a mi, los dos metros les parecerían pocos. Aún estamos en tiempo de predicciones fatales, de segundas olas y de calamidades a la vuelta de la esquina. Cabeza señores, cabeza. Que no valga solo para ponerse una gorra…

Parece que ya han llegado a un consenso para prolongar los ERTE hasta septiembre. No me ha dado tiempo de leer dicho acuerdo con detenimiento. La vida no me da para más. Pero eso por un lado da “tranquilidad” a los que siguen en él. Y por el otro preocupa el pensar que se pueda relajar el sacar a gente de él. Veremos en punto de inflexión que marcará julio. 

Mis pensamientos hoy están en que si queremos, podemos. He sido testigo de cómo todos mis compañeros han respetado los protocolos, tanto los generales marcados por el gobierno y comunidades, como los propios de la empresa. Han hecho un ejercicio de responsabilidad. Y eso me demuestra que si el motivo y el empeño existe, es más que posible. Ahora hay que conseguir transmitir eso a la cotidianidad del día a día. ¡Fuerza!

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