Diario de un Confinamiento – Capítulo 59: el del corte de pelo

La espalda parece que ha mejorado, o yo he dormido menos en el artilugio de tortura, que se ha convertido mi colchón. Me levanto pronto para acompañar a mi madre y así arrancar bien el día (que lo de madrugar y empezar el día bien, por regla general, no casan). 

Eso sí, arreglo una cosa y empeoro otra. Ahora que parece que la espalda comienza a darme tregua, me corto el dedo. Ayer quería cenar pa amb oli, y me fui a cortar jamón. He de admitir que el jamonero se rompió, lo que sujeta la pata (el tornillo grande), se pasó de rosca y no enrosca. Por lo que la última vez que corté lo hice sujetando la pata con la mano, y me dije “tienes que cambiar el jamonero, y coger el otro que hay guardado”. 

Pues bien, ayer me dispongo a la labor de cortador de jamón, y maldita pereza que me digo “bueno, hoy lo vuelves a cortar sujetándolo, y ya si eso la próxima vez lo cambio”. Pues en el primer corte, pata de jamón 0, mi mano 1. Se me escapó el cuchillo, con toda la fuerza e intención, y me lo clavé en el dedo pulgar de la mano izquierda. 

Ya se sabe lo escandalosa que es la sangre, y más en los dedos. Aquello era una mini fuente que teñía el chorro del grifo de color rojo, y a los pocos segundos estaba más blanco que Edward Cullen. Tuve que beberme una Coca-Cola que había perdida en la nevera (que por cierto, estaba caducada desde 2018) y comerme un dátil para recuperar un poco de azúcar. Y claro, tumbarme con las piernas hacia arriba porque la sangre ajena me da igual, pero la propia ya es otro tema. 

Acabo los recados con mi madre, y me voy a tomar un café con Alejandro. La primera terraza que piso ha de ser con la persona que más terrazas he pisado, como no. Quedamos por el centro, y vamos andando por Blanquerna hasta encontrar una que sea amplia y con sitio. Mi impresión tras el primer café que me tomo post-confinamiento en una terraza, es un poco agobiante. 

Llegamos sin reserva, pero por suerte acabe de quedarse una mesa para dos libre. El camarero pulveriza levemente la mesa y las sillas, y les pasa, así de manera superficial y torpe un trozo de papel (que espero que ni sea reutilizado, ni lo vaya a ser). Pedimos café, tostadas en mi caso, croissant en el suyo. Y, ciertamente, el café de las cafeterías siempre está más bueno que en casa (además soy fan de Marabans). 

Hemos estado a gusto, pese a que la gente se agolpaba de manera desordenada y caótica para pedir mesa. Mucha gente paseando, de todas las edades. Gente que se quejaba por haber tenido que esperar para un cortado, e incluso increpando por no haber límite de tiempo para los clientes. En definitiva, una experiencia buena por volver a ver a mi amigo, y tensa por hacer un desayuno (cuando debería ser todo lo contrario). 

Me vuelvo para casa, y la verdad que llego algo, cómo decirlo, desorientado. Mascarilla para arriba, mascarilla para abajo, entra en el coche, sal…, calor, salir de casa… Nos queda un buen camino aún por andar, y que todo vuelva a ser “normal”, creo que nuestra cabeza aún no ha asimilado muchas cosas que estamos viviendo. 

El noticiario nos da otro toque de atención. Los fallecimientos vuelven a ascender y ahora sí rozan las 100 personas. Y, como era de esperar, el estado de alarma se prorrogará por 15 días más, y no por un mes (que sigo creyendo que entraba en un marco de ilegalidad), como quería el gobierno. 

Además, estoy casi seguro que este ya será el último estado de alarma que se acuerde, y a partir de ahí, todo va a tomar otro rumbo, además con la mayoría del país entre fases 2 y 3, creo que ya puede ser un buen punto de inflexión. Siempre y cuando la gente recobre el civismo, si es que en algún momento lo han conocido. 

Esta tarde, al fin (y muchos estarán de acuerdo con la afirmación), me he podido cortar el pelo. ¡Ya no aguantaba más! Pero resistí el uso indiscriminado de pasarme la máquina (porque probablemente hubiese hecho un destrozo). Ha sido toda una experiencia, por un lado el calor que da estar sentado en la butaca con la mascarilla, pero no queda otra. Y luego, ver cómo Isidro ha desinfectado la peluquería, y todo lo que ha usado conmigo (incluso se le ha caído un peine un momento, y ha pasado por el desinfectante automáticamente). 

Me ha parecido que para ser un comercio tan pequeño, y él el único trabajador de su negocio, su procedimiento y protocolo es bastante exhaustivo. Cuando me ha tenido que dar secador, además de la mascarilla, se ha puesto la pantalla. Me comentaba que llega a casa más agotado de tener que estar tan atengo y desinfectar constantemente, que el simple hecho del trabajo diario, que ya es. 

Y por la tarde ha tocado meet con los compañeros de trabajo. Ya nos han puesto la distancia aproximando a la que está la luz al final del túnel. Y se estima que sobre mediados de junio podamos reanudar parte de la actividad con algunas aperturas. Mi centro, como en muchas ocasiones, es piloto de dichas aperturas, y seremos los primeros en implementar todas las medidas y procedimiento. 

El reto es grande y el trabajo será extra y poco rutinario. Pero ya es momento de reanudar e intentar salvar este descalabro económico al que estamos corriendo, cuál coyote tras correcaminos. Desde que estoy en la empresa ha habido momentos de todos los colores y situaciones duras y difíciles. La de ahora, no la ha experimentado nadie, y es interesante ser los primeros.

Las 20:00h. y ya puedo decir en firme que los aplausos serán tema de estudio social y no cosa del presente. Nadie asoma ya a los balcones, las ganas están en las propias vidas y, tristemente, creo que el pensar en el prójimo no está de moda. Mis pensamientos están en que los pasos sean para avanzar y no para tenerlos que desandar. ¡Fuerza!

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